100 % natural

Por Salvador Capote

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Cerca de 200 millones de estadounidenses compran y toman habitualmente un sinfín de suplementos dietéticos con diferentes propósitos relacionados con la salud: vitamina C sintética para las afecciones gripales, efedrina (Ma Huang) para bajar de peso, ginkgo biloba para estimular la memoria, cartílago de tiburón para el cáncer, hierba de San Juan (“St. John’s wort”) para combatir la depresión, colágeno contra las arrugas, ginseng para incrementar la potencia sexual, etc., etc.

Entre decenas de miles de estos suplementos, que se venden como “naturales”, sólo de unos pocos existen pruebas de efectividad y uso seguro. En el resto, los beneficios sobre la salud humana prometidos por los fabricantes no han sido científicamente comprobados. Por el contrario, son numerosos los informes acerca de efectos adversos y colaterales no deseados, intoxicaciones, interacciones con otros medicamentos e incluso la muerte. Sin embargo, estamos hablando de una industria que genera más de 20 billones de dólares al año, una gigantesca industria que lucra con la ingenuidad de aquellos que en esta época de avances científicos sin precedentes, todavía creen en curalotodos “naturales” que, en el mejor de los casos, son de dudosa utilidad.

Atada de pies y manos por la ley de 1994 (1) que le impide ejercer el control sobre la industria de suplementos nutricionales al que debiera estar obligada, la FDA trata de salvar su responsabilidad colocando en la etiqueta de cada producto, debajo de las supuestas bondades señaladas por el fabricante, con letras pequeñísimas difícilmente legibles, una advertencia que reza: “Estas afirmaciones no han sido evaluadas por la ‘Food and Drug Administration’. Este producto no está destinado para diagnosticar, tratar, curar o prevenir ninguna enfermedad” (2). En otras palabras, lo más probable es que sirva para nada.

El truco más común usado por la industria de suplementos para promocionar su mercancía, es la utilización del calificativo “natural” en la descripción de sus productos. La publicidad moderna es altamente profesional y sofisticada, pero el embauque es el mismo que el de aquellos que recorrían en carromatos el antiguo Oeste vendiendo panaceas como el famoso linimento fabricado con grasa de serpiente de cascabel (3).

¿Qué sugieren los fabricantes con el término “natural’? ¿Que el producto es más seguro? ¿Más eficaz? ¿Que no tiene los efectos secundarios de los medicamentos que se venden por prescripción médica?… El que una sustancia sea natural (si realmente lo es y no viene acompañada o suplantada por otras que no lo son) no significa que sea seguro. Muchas especies de la fauna producen venenos, y en las plantas es común encontrar sustancias altamente tóxicas para el ser humano. Estos venenos y sustancias tóxicas son tan naturales como todo lo demás que integra los tejidos animales y vegetales. Muchos suplementos vendidos como naturales contienen principios activos que son perjudiciales al organismo o causan daño al interactuar con otros medicamentos. Incluso las aparentemente inofensivas vitaminas, que en este país se ingieren en cantidades astronómicas, tienen también efectos secundarios y pueden ser tóxicas en altas dosis.

Afirmar, por otra parte, que las sustancias no naturales, o artificiales, son dañinas para la salud, tampoco es cierto. Baste recordar que antibióticos y otras muchas sustancias fabricadas sintéticamente, han salvado millones de vidas. Lo cierto es que marcar un suplemento nutritivo como “natural” no se relaciona en modo alguno con la seguridad de su empleo ni con su eficacia. Lo natural no es necesariamente saludable y con frecuencia no lo es.

El éxito al promocionar un producto subrayando su carácter “natural” se favorece por la reacción de los ciudadanos contra los males crecientes de la vida moderna: destrucción de los ecosistemas, extinción de especies, contaminación, hacinamiento y ruido en las ciudades, obesidad, estrés, etc. En la década de 1960, el “regreso a la naturaleza” surgió con enorme fuerza en Estados Unidos y otros países, sobre todo entre los jóvenes, como parte importante de un amplio movimiento contestatario del “stablishment”. El movimiento desapareció como tal pero muchas de las ideas que sustentó han pasado a formar parte de nuestra cultura: protección y conservación de los recursos naturales; consumo de alimentos sin contaminación de fertilizantes o plaguicidas; dietas vegetarianas, actividad física frecuente, nutrición balanceada, y vida, en fin, en mayor armonía con la naturaleza. Pero el dictum “volver a lo natural” tiene sus obvias y grandes limitaciones, porque si ha de ser completamente “natural”, la humanidad tendría que regresar a la etapa anterior al invento de la rueda y probablemente más allá.

En el fondo está la perenne lucha entre el pensamiento mágico y el pensamiento científico. Es probable que el mito de que todo lo natural es necesariamente bueno tiene sus raíces en Estados Unidos en el trascendentalismo o naturalismo espiritualizado del siglo XIX, la creencia en una fuerza suprema pero impersonal inherente al mundo físico. Si “la ley moral –como afirmaba Emerson- (4) está en el centro de la naturaleza e irradia hacia su periferia” todo lo natural es superior porque encarna una esencia divina. Pero la naturaleza no es sólo flor y paloma, sino también garra y colmillo; no es sólo escenas bucólicas y paisajes idílicos, sino también huracán, terremoto y tsunami.

Sea lo que fuere, la industria multibillonaria de los suplementos dietéticos, o industria del fraude como pudiéramos llamarla, aprovecha y refuerza muy bien todos los mitos. Con la desregulación promovida principalmente por las administraciones republicanas, el país retrocedió más de un siglo en el control de un área de vital importancia para la salud. La única diferencia es que, antiguamente, cualquier charlatán podía inventar una pócima y rotularla como “natural”, mientras que en esta época de patentes y derechos reservados, sólo pueden hacerlo las corporaciones. Son ellas las que tienen el derecho exclusivo a traficar con el dolor, la enfermedad y la muerte.


(1)  Dietary Supplement Health and Education Act of 1994.
(2)  “These statements have not been evaluated by the Food and Drug Administration. This product is not intended to diagnose, treat, cure or prevent any disease.”
(3)  Pasados los años, se descubrió que era fabricado generalmente con aceite mineral, grasa de cerdo, pimienta, alcanfor y trementina; de serpiente de cascabel sólo tenía el nombre.
(4)  Ralph Waldo Emerson (1803-1882).

Enviado por su autor a Cubacoraje

Imagen agregada RCBáez

Acerca de lapolillacubana26

Cubana, revolucionaria, solidaria, amiga y con muchas ganas de compartir contigo todo lo lindo que mi Patria puede mostrarte: mi blog es una ventana abierta sobre Cuba y el mundo, desde la verdad y la justicia.
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