Sobra la soledad (y) Sueños sobre ¿sacos rotos?

Les confieso que más de una vez este problema me preocupó y por distintas vías intenté buscarle solución… hoy, gracias a una foto que compartiera en facebook mi querido amigo Roberto, supe de este Centro y realmente, fue una muy buena noticia para mi:

FOTO Roberto SuárezSobra la soledad (1)

FOTO Abel Rojas Barallobre

En Cuba, la atención a las personas con conducta deambulante constituye una estrategia de prioridad para el Estado, en la que no puede faltar el trabajo multisectorial y el apoyo familiar

14 de Noviembre del 2015 20:00:29 CDT

Un gato de rayas grises se acurrucaba, a ratos, encima de su saco. Sus pies descalzos dejan huellas en muchas calles, sus uñas ennegrecidas superan las yemas de sus dedos y la barba se acumula en su rostro.

Bajó la vista y acomodó los cartones. «No quiero hablar, esta es mi casa y no quiero a nadie», refunfuñó, y los colocó de manera tal que impedían que nos acercáramos. En ese pedazo de portal de una casa abandonada tiene su espacio, y en él organizó los objetos sucios que sacaba del saco.

Botellas, latas, libros viejos, un par de zapatos, una cartera descosida y una toalla mal cortada. «Todo esto es mío, nadie me lo puede quitar, me lo encontré y lo voy a usar o a vender, haré lo que yo quiera», decía mientras ubicaba sus pertenencias y nos lanzaba miradas de desconfianza.

¿Su familia lo visita de vez en cuando?, preguntamos. «A mi casa no viene nadie, no quiero que me visiten. Casi nunca estoy, siempre salgo a la calle a caminar, a comer, a buscar periódicos. Si vienen no me verán, o no los dejaré pasar… Además, yo no tengo familia».

Encendió un cigarro con un fósforo y perdió sus ojos hacia la calle. Este hombre no recibe afectos y por ahora, así lo prefiere. «Algún día me verán distinto, ahora no. Yo quiero vivir aquí, en mi lugar, solo. No molesto, no busco problemas… Solo quiero tranquilidad».

«No quiero que me pregunten nada, yo no les pregunto nada. Todos me miran raro y yo busco mis cosas, me tomo unos buches de ron y me duermo. Estoy bien, a veces los veo pasar y me acuerdo de la casa, la otra casa que también era mía. Ya no lo es, ni de ellos tampoco. Ahora todo el mundo tiene lo suyo. No me pregunten nada; si no traen nada para mí, no tienen que quedarse aquí».

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«Desde hace tiempo la veo en el mismo lugar, siempre la han tratado como si estuviera loca, pero no creo que lo esté. Ella saluda a los niños y pide un peso para tomar café a todo el que pasa por su lado. No grita, no se acuesta en el piso, y de vez en cuando enseña la estampita de la Caridad del Cobre. Dice que es su hermana, y la gente se ríe».

Grisel Fernández, dependienta de una cafetería, encuentra a la señora todos los días, temprano. «No la verás nunca sin ese bolso grande de colores y sin el pañuelo en la cabeza. Cuando me pide un café, reza un Padre Nuestro mientras se lo preparo, me desea salud y cosas buenas. Se lo sirvo en su vaso plástico y le doy algo más para comer, y ella lo coge, se va y después me da las gracias desde lejos».

La vemos sentada en la acera, mirando la gente pasar. «Un día se desmayó al levantarse y algunos la ayudaron. Crucé la calle y cuando despertó le di un poco de agua. Me llamó Natalia y se sonrió. Después se espabiló y lo olvidó, y no supe si era una hija suya o una amiga. Si supiera que tiene familia, yo los buscara y les pidiera que la llevaran a la casa. Está muy viejita para vivir en la calle».

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Según el Censo de Población y Viviendas de 2012, hasta esa fecha existían en el país 11 167 325 habitantes. De ellos, unas        1 108 eran personas con conductas deambulantes: 958 eran hombres y 150 mujeres; 641 tenían entre 16 y 59 años de edad, y 467, de 60 y más años.

A partir del año 2012, y aunque ya se realizaban acciones desde la década de  1990, existe un protocolo de actuación para la admisión, diagnóstico, atención y reinserción social de los individuos con conductas deambulantes, que aúna en esos propósitos a los ministerios de Trabajo y Seguridad Social (MTSS) y Salud Pública (Minsap), la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) y la Fiscalía General de la República, entre otras entidades y organismos del Estado.

Baúl de vivencias y recuerdos

Bondadosa y humanista. Priman estos adjetivos cuando se habla de la política que, a partir de la voluntad del Estado cubano, se desarrolla con esas personas, y que tiene como objetivo modificar su estilo de vida, mejorar su estado de salud y reincorporarlos a la sociedad.

Para la especialista de Primer Grado en Psiquiatría Emelis Alfonso Carrillo, jefa del departamento provincial de Salud Mental y Adicciones de La Habana, dialogar sobre las acciones que se realizan de manera intersectorial para atender a estos individuos y en especial, de las asociadas al Minsap, es como abrir un baúl de vivencias y recuerdos que hoy, al cabo de más de 20 años de labor, no la abandonan.

«Cuando en los años 90 comenzó a implementarse esta política, aún de manera incipiente, yo trabajaba en la Dirección Municipal de Salud en Centro Habana, y tuve muchos casos de este tipo, tomando en cuenta que es uno de los territorios capitalinos de mayor presencia de personas con conducta deambulante.

«Participé en los recorridos y colaboré con el centro de evaluación y clasificación de deambulantes de La Habana en Capdevila, inaugurado en mayo de 1995, el cual fue el antecedente del Centro de Protección Social que hoy existe en Las Guásimas. No se olvidan fácilmente las historias de vida de las personas con las que tropiezas, y si no se tiene sensibilidad se corre el riesgo del fracaso».

La conducta deambulante en algunos individuos empezó a ser perceptible en los años del período especial, apuntó Alfonso Carrillo. «Los problemas económicos y la pérdida de valores originó situaciones de desarraigo familiar, dependencia del alcohol,   comisión de delitos, entre otros hechos que en no pocos casos se visibilizaron en el andar por las calles de estas personas, no tan jóvenes pero tampoco tan ancianas».

Conceptualizar esta conducta para elaborar toda la documentación concerniente a la práctica de la política diseñada en aquel tiempo fue un reto, dice la especialista, quien reconoce que lo principal era no estigmatizar desde el punto de vista social a quienes ya padecían cierta exclusión ante la mirada de los que le rodeaban y hasta de la propia familia.

«En otras naciones se les llama vagabundos, menesterosos, mendigos, homeless (sin casa), sin tierra, personas en situación de calle… Ciudadanos con conducta deambulante se refiere a quien se encuentra en situación de vulnerabilidad social, afectado por problemas de vivienda, relaciones familiares deficientes y aquejado por un estado de salud mental deteriorado, que se expresa en depresión, carencia de alimentación, vestuario deficiente, patrones desajustados de la conducta social, falta de aseo, conducta migratoria, pérdida de la autoestima y afectaciones toxicómanas que pueden o no desencadenar una conducta disocial.

«Es más frecuente dicha conducta en los grupos de mayor vulnerabilidad social como los adultos mayores que viven solos y las personas con discapacidad carentes de amparo socio familiar», expone la especialista, quien agrega que entre las actividades a las que se dedican estos individuos están la mendicidad, la limpieza de carros y áreas verdes, la recolección de materias primas, la venta de objetos en desuso o extraídos de la basura como vasos desechables, pomos plásticos, zapatos, revistas…

De manera general y a partir de la experiencia, la doctora Alfonso Carrillo subraya que entre el diez y el 15 por ciento de las personas con conducta deambulante son abandonados por la familia y enfermos mentales de larga duración, con deterioro severo de su estado de salud debido al irrespeto del tratamiento médico que deben seguir.

Agrega que entre el 30 y el 40 por ciento son adultos mayores con una marcada dependencia alcohólica, de los cuales menos del cinco por ciento son demenciados y de ellos, por fortuna, muchos son recogidos por la propia familia. Un porciento significativo presenta discapacidad intelectual moderada o severa, o alguna discapacidad física asociada.

«Los programas de protección a grupos de vulnerabilidad social comenzaron en la década de los 90, entre ellos, el de Atención al Adulto Mayor, por lo que se redujo considerablemente la población de la tercera edad en la calle. Sin embargo, quedaron quienes ya padecían de la dependencia al alcohol con poco más de 45 años, que son los actuales ancianos con conducta deambulante, y no pocos que carecían de vínculos laborales con conductas disociales y sin lazos familiares».

—¿Cuál ha sido la función del Minsap en la implementación de esta política?

—Durante las primeras acciones en la capital teníamos la mayor responsabilidad, aunque participaban otras entidades como los ministerios del Interior y el de Trabajo y Seguridad Social. Participábamos en la búsqueda de estas personas en las calles y las llevábamos al centro de Capdevila, cuya razón de ser se relacionaba con la evaluación, clasificación y mejoría de su estado de salud antes de favorecer su reinserción familiar y social.

«Sucedió que muchos se quedaron viviendo en el centro pues no tenían ya familia, ni pertenecían a ningun lugar, y algunos rechazaron su inserción en hogares de ancianos y casas de abuelos. Las bases normativas de las instituciones de salud no podían cumplirse, pues la estadía se extendía más de lo previsto, y solicitamos ayuda.

«Analizamos la situación, cuyas causas principales radican en cuestiones de índole social y no de salud, valoramos la labor del centro y en un ejercicio intersectorial, guiado por el MTTS, elaboramos ahora normativas específicas para cada sector en el  protocolo de actuación para la admisión, diagnóstico, atención y reinserción social de las personas con conducta deambulante.

«En la actualidad, una vez presentada la persona en el Centro de Protección Social, le corresponde al médico y a la enfermera que laboran allí todos los días realizar el diagnóstico clínico que permita la posterior evaluación del individuo, además de coordinar los casos necesitados de servicios de salud, como pueden ser los que ofrecen hogares de ancianos y los centros de salud mental.

«Para aquellas personas que requieran atención especializada se realizan las interconsultas de todas las especialidades, incluyendo estomatología; se coordina el ingreso en los hospitales de quienes lo necesiten; se utilizan los servicios de policlínicos cercanos y se garantiza la rehabilitación integral de las personas que lo ameriten, con la ayuda técnica que les resulte vital.

«Ofrecemos en el centro el tratamiento de deshabituación al alcohol, pues es muy común esta dependencia en las personas con conducta deambulante, y se estimula la terapia grupal en el centro comunitario de salud mental asignado, si fuera obligatorio. Igualmente aseguramos el traslado de inmediato a una institución de salud mediante el transporte sanitario del Sistema Integrado de Urgencias Médicas».

Alfonso Castillo precisa que si se reporta un embarazo en una mujer que mantiene este estilo de vida, su ingreso en el hogar materno es inmediato, como sucede con todas las embarazadas de riesgo en el país.  «En esta institución se le garantiza la atención integral al bebé y a la madre, quien es remitida al servicio de salud mental perinatal existente en el territorio.

«Esto ocurre si su condición de dependencia al alcohol u otras sustancias nocivas  así lo demanda, o en caso de que padezca alguna discapacidad intelectual y conducta disocial asociada. Igualmente garantizamos su permanencia hasta el parto o después. No es muy común encontrar menores o recién nacidos en estas condiciones, pero estamos preparados para asegurarles a la madre y al bebé todas las atenciones que contempla el Programa Materno Infantil».

Entre los primeros programas de protección a grupos vulnerables se encuentra la Atención al Adulto Mayor. Foto: Abel Rojas Barallobre

Preocupación del estado

El hecho de que decenas de hombres, mujeres y menores de edad vaguen por las calles de cualquier país, constituye un fenómeno inherente a la expansión urbanística y económica de las grandes ciudades en las que pululan el desempleo y las desigualdades sociales. Sin embargo, en Cuba, donde la dignificación del ser humano motivó los primeros pasos desde el mismo triunfo de la Revolución, el tratamiento a los deambulantes emerge como una estrategia en la que no se conciben titubeos.

Lo confirma Yoe Majín Hernández, subdirector de Prevención, Asistencia y Trabajo Social del MTSS, quien añade que en la Mayor de las Antillas nadie queda desamparado y se prioriza la atención a los grupos sociales más vulnerables, sobre todo a partir de la aprobación en 2012 del Decreto 268 del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros, que integró la labor de prevención, asistencia y trabajo social.

Al referirse a la política aprobada para atender a las personas con conducta deambulante insiste en que la filosofía de esta alternativa no se limita ni se basa en «recoger» a las personas para que la ciudad «luzca mejor» o para que no sean vistas por los turistas, como muchos piensan erróneamente. «La premisa es que son seres que requieren atención y mejor calidad de vida, por lo que constituyen una preocupación para el Estado cubano.

«En tal sentido, el protocolo de actuación que hemos aprobado tiene el fin de reducir este fenómeno social, brindar atención médica y social a las personas con conducta deambulante, atendiendo a su vulnerabilidad, y evaluar integralmente a las personas protegidas en el centro de protección social, considerando la posibilidad de su reinserción al medio», afirmó.

No obstante, reiteró, la conducta deambulante es multicausal, por lo que en su instauración no intervienen factores aislados, sino un conjunto de condiciones. «Entre ellas se destacan también la falta de solvencia económica para la satisfacción de sus necesidades básicas o de vivienda, que los lleva a asumir esta conducta como un modo de vida; el maltrato o violencia intrafamiliar, la pérdida de valores éticos, morales y familiares y la desprotección de personas vulnerables en comunidades con estilos de vida no saludables, de tránsito o barrios marginales.

«Igualmente están la exclusión, desatención y rechazo familiar hacia el pariente que asume esta conducta, la convivencia en núcleos familiares disfuncionales, la tolerancia por parte de la sociedad hacia este fenómeno, la falta de acciones de prevención para combatirlo y de la necesaria integración y sistematicidad en la atención intencionada que deben realizar los diferentes organismos e instituciones para el enfrentamiento a esta situación.

—¿Cuál es el rol del MTTS en la implementación de esta política?

—El MTSS es quien propone, dirige y controla la política aprobada por el Estado y el Gobierno para la atención a este tipo de personas, mientras que los presidentes de los consejos de administración del Poder Popular en las provincias y municipios, de acuerdo con la política aprobada, y con el apoyo de las direcciones de Trabajo, son los que coordinan y adoptan las decisiones que correspondan para el desarrollo de esta actividad en sus territorios.

«En el caso específico del Consejo de la Administración Provincial (CAP), este organiza un grupo multidisciplinario para evaluar integralmente a los deambulantes, sus causas, condiciones y tendencias, incluyendo en el plan de la economía los recursos humanos, financieros y materiales necesarios para su funcionamiento. Además, garantiza la atención, integración y control del deambulante que sea devuelto al territorio por otra provincia.

«Las acciones a desarrollar por las diferentes entidades son de prevención, atención y reinserción social. En el primer caso el trabajador social tiene un peso fundamental, pues debe realizar y mantener actualizada la caracterización y el diagnóstico social de las personas, familias o grupos con riesgo de conducta deambulante; atenderlos de manera directa e integral, así como diseñar, implementar y evaluar acciones orientadas a la prevención y transformación de problemas sociales asociados a conductas deambulante y las causas que los generan, así como coordinar y participar en proyectos de transformación social».

—¿Quiénes pueden detectar y proceder con respecto a una persona con conducta deambulante?

—La detección de las personas, familias o grupos con conducta deambulante la pueden realizar los órganos, organismos, organizaciones o instituciones. Una vez que se detecta a esa persona se traslada al Centro de Protección Social, donde se verifica su identidad y la existencia o no de antecedentes delictivos.

«En el caso de las personas procedentes de otras provincias se coordina la atención y seguimiento con las direcciones provinciales y municipales de Salud y Trabajo, de manera que se garantice su permanencia en el territorio una vez trasladado.

«También verificamos si la persona está apta para el empleo y se gestiona su incorporación. De no suceder se procede a tramitar la prestación de la Asistencia Social, garantizando los recursos materiales y financieros que necesite. Además, se coordina con los órganos, organismos, organizaciones e instituciones diferentes acciones para su atención social».

Los funcionarios entrevistados explican también que existen organismos como la Vivienda y la Fiscalía con responsabilidades   muy puntuales. La primera tiene el encargo de definir la titularidad o el estado de la convivencia en el hogar de la persona detectada con conducta deambulante y además otorgar capacidad de albergue a aquellos individuos que lo requieran.

La segunda debe orientar jurídicamente a los ciudadanos que posean salud mental, acerca de la forma en que pueden ejercitar sus derechos. En consonancia, cuando se comprueba que la persona requiera proteger bienes o intereses de los cuales fue despojada o estén en riesgo, Fiscalía debe indagar sobre los familiares que corresponda para promover el expediente con ese fin y en caso de que no existan estos o que ninguno accione, debe hacerlo por su cuenta.

La PNR, además de verificar la identidad de la persona con conducta deambulante y sus antecedentes, debe promover la adopción de medidas legales sobre los familiares y responsables legales que incumplan su deber de atención a estas personas o que admitan voluntariamente o propicien esas conductas en los familiares bajo su abrigo. También ejecuta acciones legales sobre los casos más críticos y realiza requerimientos a las administraciones de aquellos locales públicos que admitan la ocurrencia de estas manifestaciones.

Qué dice la ley

Debemos destacar que en Cuba no existe una ley que regule específicamente el tratamiento a las personas con conductas deambulante; pero artículos de varias normas jurídicas son aplicables a estos casos. Por ejemplo, al revisar algunas legislaciones se destaca que cuando el lazo paternal consta en la inscripción de nacimiento, los descendientes tienen la obligación de ocuparse de los familiares que manifiesten esta conducta, a menos que estos últimos hayan sido maltratados por los primeros y expulsados de la vivienda, lo cual constituye un delito.

Además, la Constitución de la República de Cuba, en su artículo 38, del capítulo IV referido a la Familia, establece que «los padres tienen el deber de dar alimentos a sus hijos y asistirlos en la defensa de sus legítimos intereses y en la realización de sus justas aspiraciones».

El Código Penal, en su artículo 275, se refiere a la obligación de los padres con respecto a sus hijos, hasta que estos alcancen la    mayoría de edad (18 años). Asimismo, se establece el cuidado de discapacitados o desvalidos, y aclara que «el que abandone a un incapacitado o a una persona desvalida a causa de su enfermedad, su edad o por cualquier otro motivo, siempre que esté legalmente obligado a mantenerlo y a alimentarlo, incurre en sanción de privación de libertad de tres meses a un año. (…) Si como consecuencia del abandono se pone en peligro la vida de la víctima, la sanción es de privación de libertad de dos a cinco años (…) y si se causa la muerte del abandonado, la sanción es de privación de libertad de cinco a doce años».

Sueños sobre ¿sacos rotos? (2)

FOTO Abel Rojas Barallobre 2Rehabilitar conductas, sanar conciencias y hogares heridos es una obra de sensibilidad y perseverancia incalculables y no siempre prometedora. Bien lo saben quienes se implican en la política del Estado para atender a las personas con conducta deambulante, un fenómeno social complejo que requiere, en primer lugar, de la prevención social

Varios Autores
21 de Noviembre del 2015 22:28:45 CDT

(…) Es un problema muy difícil de resolver, pero nuestra sociedad aspira a ser más humanista. Todavía deben seguir implementando otras medidas para proteger a estas personas, pues es muy triste verlas en la calle, y más aun si son jóvenes. Muchos los rechazan por su conducta y en ocasiones son objeto de burlas, y sucede que en oportunidades se les ha dado protección, pero enseguida están en el barrio de nuevo.

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En Holguín ya es un fenómeno muy desagradable que crece. (…) El Estado tiene que crear las instituciones suficientes para atender a las personas que por diversos motivos llegan a esta situación. Los hay que piden dinero para tomar alcohol, se pasan el día sin hacer nada y afean nuestros entornos públicos. Por supuesto que el fenómeno tiene muchas aristas…

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En las calles capitalinas del bulevar de San Rafael siguen viéndose esas personas (…) Reconozco que es una tarea difícil, pero para llevarla a cabo hay que comenzar por lugares donde no solo estas personas permanecen tiradas a su suerte, sino que también algunos cuando se emborrachan se ponen agresivos con los transeúntes.

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Las opiniones anteriores son algunas de las dejadas por los cibernautas en nuestra página web, tras la publicación de la primera parte de este trabajo el pasado domingo. Otros criterios, en coincidencia con las entrevistas realizadas por JR en las calles, reconocen que, aunque existe la política diseñada, muchas personas con conducta deambulante abandonan el centro a donde los llevan, desestiman la ayuda brindada y vuelven a las calles.

Vale destacar que todo desamparado tiene acceso a los Centros de Protección Social, a los cuales se ingresa de manera voluntaria. Como apunta Yoe Majín Hernández, subdirector de Prevención, Asistencia y Trabajo Social del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (MTSS), nadie puede ser forzado a permanecer allí, aunque en la práctica algunos rechazan estas atenciones.

«Además de aquellos que no poseen derechos legales sobre viviendas, son acogidos quienes no tienen trastornos mentales, pues quienes presentan ese padecimiento o tienen 60 y más años deben acogerse en los servicios de salud mental, hospitales psiquiátricos y los hogares de ancianos, respectivamente.

«Los centros existen en La Habana, Granma, Holguín y Las Tunas. En aquellas provincias en los que no hay, se crearon condiciones para atender a estos individuos en entidades similares. Las instalaciones se organizan en dependencia de la situación que presentan los ciudadanos con conducta deambulante», subraya.

Majín Hernández afirma que para la reinserción social se realiza un trabajo con las familias disfuncionales, con el fin de favorecer la reincorporación de quien posea las condiciones. «Por ello, una vez en el Centro se desarrolla la caracterización social y se confirma si tiene un hogar reconocido. También se realiza un despacho entre los trabajadores sociales y los especialistas de prevención de los municipios para informar del resultado y tomar las decisiones correspondientes».

De una sala a un centro

Una pequeña sala con solo 17 camas y en el reparto capitalino de Capdevila acogió por vez primera la evaluación y clasificación de los  deambulantes en el país. Eran los años 90 del siglo pasado, cuando emergió el fenómeno en Cuba, que luego fue en aumento, y el espacio resultó insuficiente. Hasta entonces, una de las salas del Hospital Psiquiátrico de La Habana sirvió de resguardo a estas      personas.

La historia la cuenta Irina Torres Falgado, subdirectora de Prevención, Asistencia y Trabajo Social en La Habana, al desempolvar un grupo de papeles, en los que se refleja la historia primigenia de la atención a estos individuos de cuyo cuidado, como se expuso, se encargó al Ministerio de Salud Pública (Minsap). «En ese entonces la recogida era de manera operativa y se ponía una guagua del gobierno que hacía recorridos eventuales para buscar a las personas.

«La atención solo era a nivel provincial, sin ninguna retroalimentación de los municipios. Luego, nació del pensamiento colectivo el proyecto Caballero de París, como algo temporal. En la actualidad existe un protocolo de actuación para la admisión, diagnóstico, atención y reinserción social de los individuos con conducta deambulante. Lo aprobado hoy fue resultado de un experimento aplicado hace unos años en La Habana.

«Tenemos el fin de humanizar el enfoque que existía sobre el tema, ir a las particularidades de cada caso y descentralizar las acciones hacia los territorios, donde existen equipos multidisciplinarios para evaluar cada caso», dijo Torres Falgado, quien agregó que en la capital la detección de las personas se efectúa diariamente, en los horarios de la mañana y la noche. En ella participan los trabajadores sociales, la Policía Nacional Revolucionaria, el Minsap y el Consejo de la Administración Provincial (CAP), que asegura el transporte.

Añadió que varias guaguas recorren los municipios para facilitar el traslado de las personas con conducta deambulante hacia el Centro, ubicado en Las Guásimas. En el caso de Centro Habana, La Habana Vieja y Plaza de la Revolución, el ómnibus realiza varios recorridos por ser en estos lugares en los que, con mayor frecuencia, se pueden encontrar.

«Al llegar al Centro se les ofrece alimentación, refugio, atención médica, vestuario, servicio de barbería y podología. Entonces, una comisión multidisciplinaria inicia el diagnóstico. Allí se indaga sobre su historia de vida y relaciones familiares y se caracteriza, además, su estado de salud mental. Esa información se tributa a los municipios, quienes una vez por semana envían representantes al Centro. Después del resultado de la entrevista se comienza el camino para la reinserción».

Aun cuando esta institución tiene un carácter temporal, algunos han vivido en él durante años. Según explican los funcionarios, han sido empleados por la institución y laboran en diferentes oficios de acuerdo con sus capacidades. «La estancia aquí requiere cumplir una disciplina, no es un sitio solo para pernoctar. De ahí que muchos lo abandonen y prefieran la libertad de las calles».

Torres Falgado detalla que en el caso de traslado a las provincias de origen de los deambulantes —pues un número importante son de otras regiones—, la Dirección Provincial de Trabajo coordina con la PNR y las direcciones de Trabajo del territorio que corresponda, el traslado de la persona hacia su lugar de residencia —y su atención—, acompañaba de la información que disponga de esta.

Experiencia de amor

Víctimas de historias de vidas difíciles, los  deambulantes necesitan de mucha ayuda y protección de la sociedad. Con esa certeza como brújula, desbroza obstáculos diariamente el Grupo Provincial de Prevención, Asistencia y Trabajo Social santiaguero, que con el quehacer cohesionado de diferentes organismos y con brazos desde el nivel territorial hasta las comunidades, acciona con el fin de cumplir los programas establecidos para la atención a esta población.

En el territorio no existe un centro de protección social. Sin embargo, nos enfocamos en el trabajo sistemático de seguimiento y la atención diferenciada (médica y social) de los casos diagnosticados en esta situación, en aras de ofrecer soluciones humanas que contribuyan a la reinserción en su medio y la elevación de su calidad de vida, apuntó Alfonso Brooks, vicepresidente del CAP en tierra santiaguera.

Así, un programa local que las autoridades insisten en definir como una experiencia de amor y sensibilidad, apuesta desde hace casi dos años por sistematizar su   atención integral. En consonancia con ello, Yiseilis Ferrer Nariño, subdirectora de Prevención, Asistencia y Trabajo Social en Santiago de Cuba, explicó a este diario que los organismos implicados no escatiman recursos para la atención a este grupo social.

Define como decisivo el momento en que son llevados hasta sus hogares. «Allí, trabajadores sociales y personal de salud evalúan la situación y condiciones de vida de cada caso, intercambian con los familiares sobre sus posibilidades para atenderlos; persuasivamente tratan de hacerles entender su responsabilidad y les exigen por el compromiso legal que tienen para con ellos.

«Las familias con posibilidades para hacerse cargo que reinciden en desampararlas son advertidas por los órganos legales correspondientes de que están incurriendo en el delito de abandono a desvalidos e incapacitados», agrega.

No obstante, insiste la también abogada Ferrer Nariño, «estamos conscientes de que para los parientes estas son situaciones difíciles, que han estado precedidas por dramas familiares, por eso acudimos a la persuasión, buscamos el apoyo de las organizaciones de la comunidad y les prestamos toda la ayuda material que podamos».

De vuelta al hogar

Algunas personas con conducta deambulante están desprotegidas legalmente, son rechazados por su trastorno mental o están atrapados bajo los efectos del alcohol, por lo general sufren las consecuencias del abandono y la incomprensión. No pocos son propietarios de vivienda, y sus hijos no los dejan entrar, y otros no van a esas casas… Así resumen los funcionarios entrevistados lo mucho hallado en el camino de la reinserción social.

En la atención a las personas con conducta deambulante es vital el tratamiento personalizado. Foto: Abel Rojas Barallobre

Según Majín Hernández se han dado casos de individuos que reinciden en esta conducta, no solo en La Habana sino también en provincias. «Al llevarlos a su lugar de origen, en menos de 24 horas ya están otra vez de regreso. A veces los dejamos en el centro por la mañana, y al día siguiente los volvemos a encontrar cuando hacemos el recorrido. Nadie puede estar en el centro sintiéndose obligado y hay que tratar de convencerlo para que no esté en esa situación.

«En la reinserción se tienen experiencias de todo tipo. Lamentablemente, hay situaciones donde los hijos u otros parientes se desentienden y alegan que ese sujeto no se ocupó de ellos en otro tiempo, o, si se trata de enfermos mentales, arguyen no poder controlarlos, pero la respuesta no siempre es internarlos, pues a veces su diagnóstico no es tan grave.

«Otras familias aceptan el regreso. Esa reinserción no es de llegar a la familia y decirle: toma, esto es tuyo y ya. Existe un proceso de acercamiento y de concientización. Además, luego de que ello ocurre, se tiene un acompañamiento muy especial de los trabajadores sociales y Salud Pública. Quienes salen del Centro y retornan a su medio familiar alcanzan un crecimiento cualitativo»

El hecho de que algunas personas abandonen el centro o el hogar se debe, según Emelis Alfonso Carrillo, jefa del departamento provincial de Salud Mental y Adicciones de La Habana, a que ese estilo de vida se sistematiza de manera tal que se vuelven egosintónicos, es decir, están en sintonía con lo que hacen, y aunque reciban atenciones, prefieren volver a las calles. Si son de otras provincias, no aceptan el retorno a ellas y vuelven a la capital, aunque solo puedan aspirar a vivir de esa manera.

«Lo más importante es humanizar a estas personas, y cuando asimilan nuestras acciones se vuelven más exigentes en el Centro, por ejemplo, critican la alimentación, demandan más atenciones y afecto, y es una buena señal. Lamentablemente, la experiencia arroja que alrededor del 50 por ciento puede reaccionar de esta manera, cifra que no descansamos en incrementar, sobre todo ahora que se implementan las ofertas laborales para la reinserción».

Torres Falgado explicó que en La Habana familiares de los reinsertados socialmente han ido preocupados a la Dirección Provincial de Trabajo porque, a pesar de que ellos les garantizan su atención, vuelven a la calle. «Familias de personas de otras provincias también se preocupan mucho cuando les decimos que algunos de los que fueron enviados a sus territorios, regresan a la capital. Muchos deambulantes se han empleado y han formado familia, otros han recibido las prestaciones de la Asistencia Social y no han vuelto más a la calle».

Acciones concretas llevadas a cabo en Santiago de Cuba pueden mencionarse, acota la joven Ferrer Nariño, quien destacó que más de una treintena de individuos han recibido ayuda económica de la Asistencia Social y otras prestaciones como ropa, calzado, colchones, entre otros materiales.

Asimismo, se ha ubicado laboralmente a familiares obligados a atenderlos, en aras de que dispongan de medios para ello; se le entregó una vivienda a una de estas personas y se reparan las casas    de otras ocho y una gran mayoría están vinculados al Servicio de Alimentación a la Familia, popularmente conocido como comedores comunitarios.

Como una iniciativa del Grupo Provincial de Prevención, explicó Ferrer Nariño, se organizan con estas personas paseos, viajes a la playa y actividades en días festivos, como las cenas de fin de año, y se trabaja para lograr que asistan con regularidad a los servicios de salud mental de su policlínico, para su rehabilitación.

Una mirada desde la sociología

Las acciones que en materia social se han desarrollado para la atención a las personas con conducta deambulante desde 2010 hasta 2013 constituyen un elemento indispensable, aunque insuficiente en la actualidad para la eliminación de dicho fenómeno como problema social.

Así concluye la joven socióloga Massiel Rodríguez Núñez su tesis de licenciatura «Centro de deambulantes: Una valoración sociológica», presentada en 2013, investigación que le permitió constatar el cumplimiento y la efectividad de la política trazada por el país para atender este tipo de personas.

Como resultado de su estudio académico, para el que realizó visitas reiteradas al Centro de Protección Social de la capital, entrevistas a funcionarios y deambulantes y acuciosas revisiones bibliográficas sobre el tema, apunta que existe una debilidad en el fortalecimiento de las redes y los lazos familiares de estos individuos, así como también que estas personas muchas veces prefieren estar en las calles, pues su estatus se ha convertido en un sentido de vida.

«Urge construir otras formas de inclusión, en las que el respeto a los derechos y las capacidades de esos hombres y mujeres en condiciones extremas de vida se configure en una nueva cultura, a fin de contribuir a su bienestar social», destaca.

Rodríguez Núñez constató que las personas con conducta deambulante cuentan con servicios médicos gratuitos y cierto nivel de escolaridad, pero les afecta en gran medida, sobre todo a los hombres, la adicción a las bebidas alcohólicas.

Como conclusiones tácitas de su indagación, la estudiosa ratifica, como la investigación de estos reporteros, que no existe una norma jurídica específica que regule esta figura en Cuba. Sin embargo, «los documentos legales existentes en el país como la Constitución de la República y el Código de Familia son mecanismos de control social y jurídico que norman las formas de proceder para con esta población y quienes están destinadas a su atención.

Para la investigadora es importante apuntar que en los últimos años se ha ampliado la visión sobre los deambulantes, lo cual se refleja en la construcción de las estrategias y los principios que deben regir su atención a nivel institucional.

Las características cambiantes de esa población durante años imponen nuevos retos para quienes diseñan esas políticas, enfatiza Rodríguez Núñez. La distancia percibida en algunos lugares entre lo que se implementa y lo que se define alerta sobre la necesidad de monitorear y encontrar un cauce que unifique necesidades y aspiraciones de la población que se acoge en los centros de Protección Social, apunta la estudiosa.

Este equipo de reporteros tuvo la oportunidad al final de esta semana de visitar el Centro de Protección Social de La Habana, y en próximas ediciones JR publicará las experiencias allí vividas.

Prevenir y humanizar

Atrás quedan aquellos años en los que anduvo de un lado a otro con sus sacos, sus bolsas, sus ropas sucias, esas que ahora se han cambiado por otras olorosas. Por suerte,  hasta ha conseguido un trabajo que le ha hecho olvidarse de pedir «un pesito» para «echar algo en el alma». Ya no duerme en la calle, no recoge lo que otros botan. Tampoco toma, y semanalmente asiste a diferentes consultas médicas que le han hecho cambiar su fisonomía.

A pesar del daño que le hizo a su familia ha vuelto al hogar, pues «no hay nada como ese sitio». Mientras conversa con estos reporteros, camina de un lado a otro y su mirada se pierde como quien pretende evocar ese tiempo en el que estuvo en el Centro de Protección Social, al que asegura, tiene mucho que agradecer. Nos pide el anonimato y se lo aseguramos, pues como él mismo expresa, muchos son quienes en la sociedad rechazan a personas como la que él fue.

Si algo debe distinguir el trabajo de quienes se dedican a atender a estas personas es el amor y la capacidad para interactuar, no solo con ellos sino además con sus familias. Irina Torres Falgado, subdirectora de Prevención, Asistencia y Trabajo Social en La Habana subraya que en la estrategia diseñada el trabajo integrado es fundamental y también la responsabilidad de la familia, sobre todo cuando se logra la reinserción de la persona.

«De nada valdría tampoco hacer análisis generales. Hay que estudiar cada una de las familias que tienen un miembro con esta conducta y saber que las soluciones para una nunca van a ser para otras. Este trabajo necesita hacerse familia a familia, persona a persona. Requiere mucha paciencia, entendimiento y voluntad, no estigmatizarlos, y llenarse de humanismo a la hora de atenderlos. Eso nos está faltando en muchas ocasiones», señala.

En ello coincide Majín Hernández, subdirector de Prevención, Asistencia y Trabajo Social del MTSS. «Cuando vemos a una persona limpia, integrada a un empleo, sonriente, que ha vuelto al hogar y se ha transformado para bien, nos da aliento. Nadie puede ser excluido, estos son seres humanos en situaciones sociales de vulnerabilidad y para ellos también existe una protección del Estado.

«El primer paso para que esta política tenga mejores resultados es trabajar en la prevención social, desde la detección temprana de causas y condiciones que pueden propiciar una conducta deambulante a nivel individual y en un grupo, para ofrecerles las soluciones más eficientes y humanas posibles.

«Para ello es inevitable no solo el trato personalizado, para el cual los trabajadores sociales devienen eslabón básico, sino también el engranaje entre los entes que se ocupan de estos afectados, además de la participación y solidaridad de amigos y familiares, apuntó. Es precisamente la familia quien debe asumir la mayor responsabilidad y si no existiera ese apoyo filial esencial, el Estado siempre les tenderá la mano».

La política está bien definida, pero el enfrentamiento a un fenómeno social tan complejo es una obra de perseverancia, pues rehabilitar conductas, sanar conciencias y hogares heridos requiere, además de tiempo, de sensibilidad y humanismo de la sociedad toda, único antídoto contra el desamparo.

FOTOS: Abel Rojas Barallobre

NOTA: Estos trabajos de Juventudo Rebelde (1) (2) tienen continuidad en el que publicaremos a continuación Desterrar el abandono

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Cubana, revolucionaria, solidaria, amiga y con muchas ganas de compartir contigo todo lo lindo que mi Patria puede mostrarte: mi blog es una ventana abierta sobre Cuba y el mundo, desde la verdad y la justicia.
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