Hugo Chávez. Absuelto por la Historia

Emociona leer textos como este, y a la vez duele saber que algunos no llegan a alcanzar tan grande sabiduría, a pesar de años y esfuerzos…

Palabras entre el Café

Por: Julio Alejandro Gómez Pereda

Comandante Eterno Hugo Chávez Frías Comandante Eterno Hugo Chávez Frías

Ojalá que este humilde soldado, campesino que soy, algún día pueda ser absuelto por la historia, por los pueblos; estar a la altura de la esperanza y del amor de un pueblo (…)
Comandante Eterno, Hugo Chávez Frías.
Aló Presidente No. 231
Pinar del Río, Cuba. 21 de Agosto de 2005.

El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, escribió al conocer sobre la muerte del invencible Chávez: “Nos cabe el honor de haber compartido con el líder bolivariano los mismos ideales de justicia social y de apoyo a los explotados. Los pobres son los pobres en cualquier parte del mundo.” Claro que tenía razón Fidel, Chávez se convirtió desde el día de su siembra en una esencia de esos ideales, en una muestra de lo que un líder noble y justo, puede y debe llegar a ser para sus…

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Nemesia en la cicatriz de un país

A ver si Obama -y otros- entienden por qué no vamos a olvidar nunca la historia, aunque canten Rafael o los Rollings Stone

Dicen que la utopía...

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El odio envilece, y en su nombre se cometen monstruosidades. ¿Cómo entender las razones de un piloto que descarga su furia contra un camión tripulado por civiles, en su mayoría niños? ¿Qué circunstancias motivaron al aviador a disparar una y otra vez sobre el vehículo? Esas preguntas han atormentado a Nemesia durante 55 años, desde que un día gris trastocara su vida para siempre.

Temprano en la mañana llegamos a Casa de Nemesia. Éramos tres jóvenes periodistas y un chofer veterano. Todos estábamos deseosos de dialogar con ella. Sin acuerdo previo, evitamos que rememorara el dolor de su niñez, que siempre ha viajado consigo y que algunos intentan evocar una y otra vez.

En la humilde sala de su casa, donde nos acomodamos, comenzó la conversación. En una mesita descansaban retazos de tela que denotan su afición por la costura, junto a varios libros sobre Fidel, Chávez, o la epopeya…

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RED VOLTAIRE Y EL PROXIMO PRESIDENTE DE USA

A veces hablan mas bobería de la habitual….

Manuel Yepe

RED VOLTAIRE Y EL PROXIMO PRESIDENTE DE USA
Por Manuel E. Yepe

El periodista y activista político francés Thierry Meyssan, fundador y presidente de la Red Voltaire, “asociación periodística para la promoción de la libertad de conciencia y expresión”, es considerado el más avezado investigador de partidos y organizaciones de extrema derecha a escala mundial.
En julio de 2005, el Departamento de Estado publicó una declaración que lo presenta, tanto a él como a su asociación, la Red Voltaire, como las principales fuentes de desinformación sobre Estados Unidos en el mundo.
Todo ello hace particularmente interesante conocer cómo este destacado periodista investigador francés analiza las perspectivas de los próximos comicios en esa nación de Norteamérica.
Thierry Meyssan estima que lo único que realmente está en juego en la elección presidencial es el poder de los WASP (blancos anglosajones protestantes), que no se ha visto nunca cuestionado desde los tiempos de…

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El oído a la tierra

Por Luis Toledo Sande

P1240802Entre los propósitos de las calumnias sistemáticamente lanzadas contra Cuba por los enemigos de su Revolución puede estimarse que ha estado no solo desprestigiarla, sino también que ella se acostumbre a ser blanco de mentiras. De ese modo puede acabar autoanestesiándose y menospreciar la importancia que tendría responder puntualmente los insultos, o atenderlos siquiera. Aburrido por lo menos sería darse a desmontar engendros como la acusación de mantener prohibido el rock cuando en el país —lo recordó una buena respuesta de Cubainformación— se organizan cada año trece festivales de esa expresión musical.

Los artífices de las calumnias no necesitan asideros para inventarlas, pero magnifican y capitalizan al máximo las torpezas en que Cuba pueda haber incurrido. A otros países se les pasan por alto o se les consideran naturales las desmañas cometidas por algunos de sus dirigentes, o incluso nacidas de la línea cardinal de sus gobiernos, o, dicho de otro modo: del sistema que los rige. En semejante “juego”, a naciones como los Estados Unidos y sus aliados se les toleran crímenes y genocidios.

Contrastando con semejante manera de medir, sean menudas o de mayor envergadura a Cuba no se le perdonan sus impericias, y se da por sentado que no prescriben. Un concierto de los Rolling Stones sirve para dar por válido que el rock sufrió veto hasta la noche misma en que ese grupo actuó en La Habana, y para olvidar el paso por el país, a lo largo de años, de otros cultores de dicha expresión musical. En general, se desconoce la libertad con que desde hace décadas se mueven en Cuba los roqueros nacionales y los visitantes.

Calzadas por el peso que durante décadas han tenido los ataques contra ella, y por la desinformación que a nivel global consiguen los medios dominantes a partir incluso de una sobresaturación noticiosa astutamente manejada —dígase: llena de falsedades—, las confusiones sobre Cuba generan barullos peregrinos. Fuera de su patria un cubano puede toparse con una persona bienintencionada que descarga toda su euforia procubana para decirle cosas como esta: “¡Al fin tenía que aparecer en los Estados Unidos un presidente de origen humilde y africano que se arriesgara a dar pasos decisivos para salvar a Cuba del bloqueo!” Pero suposiciones tales —improntas racistas incluidas, ¡vade retro! — brotan asimismo en el ámbito local.

Con lo dicho, apenas se espigan poquísimos ejemplos recientes de falsedades en torno a la realidad de Cuba. Pudiera afirmarse que, si esta nación se hubiera dedicado nada más a desmentirlas una por una, campaña tras campaña —etapas u oleadas de una misma maniobra que no ha cesado desde el triunfo de su Revolución—, lo más probable sería que no le hubieran quedado ni tiempo ni fuerzas para hacer otra cosa. No habría podido consumar ninguno de los logros que la han erigido en una digna anomalía sistémica dentro de un contexto internacional en que el campo socialista que realmente existió se las tuvo que ver con un capitalismo tan experimentado como carente de escrúpulos, y donde, al desmontarse aquel campo, el imperio actuaría a sus anchas, y tendría recursos para manipular sus propias crisis hasta sacar dividendos de ellas.

Los logros de Cuba, no sus errores, sus torpezas, sus pifias, alguna que otra idiotez —tire la primera piedra la nación que no las haya cometido— son la verdadera causa de la rabia de sus enemigos contra ella. Pero mal andaría el país si adoptase la soberbia de ignorar cuanto se dice acerca de él. Debe tenerlo en cuenta no para complacer a sus enemigos y “cumplir la agenda informativa que ellos le tracen”, sino para estar en guardia lúcida y en capacidad de autosuperación permanente, aunque solo fuera por aquello que un poeta sabio, glosando un ejercicio de retórica apócrifo, sostuvo con respecto al diablo: “Que como tal Demonio nos hable, que ponga cátedra, señores. No os asustéis. El Demonio, a última hora, no tiene razón; pero tiene razones. Hay que escucharlas todas”. ¿Para qué, podríamos preguntarnos? Pues, por lo pronto, para dejarlo sin ellas, o hacer todo lo posible para impedir que nos dañe, que nos confunda al vender como razón sus razones, falsas o verdaderas, entreveradas de dosis de verdades y mentiras.

Ni es necesario imaginar dominios infernales para avalar la utilidad del libre ejercicio del pensamiento y la expresión. Un mundo como el actual, manipulado por medios que convierten en juegos de hipocresía y calumnias lo que debería ser el limpio desempeño informativo, no debe llevarnos a meter en el mismo saco de la desfachatez cuanto se diga sobre la realidad. Esa sería otra forma de peligrosa anestesia, aliada de la perpetuación de errores y, por tanto, cómplice factual del imperio y sus alabarderos.

De tanta inmoralidad que los caracteriza, los medios imperantes —recordemos el parentesco entre imperar e imperio, e imperialismo— autorizan a las personas honradas a desentenderse incluso de ellos. Pero nada parecido a tal desconocimiento merece la opinión de un pueblo cuya capacidad de resistencia le ha permitido al país ver que la mayor potencia imperialista se ha visto impulsada —obligada, pudiéramos decir, pero seamos corteses— a cambiar de táctica, no de estrategia, y procurarse la imagen de que está dispuesta a dialogar con los representantes de ese pueblo, de la nación cubana, como entre iguales.

Las opiniones que forman la opinión de ese pueblo —único garante posible de la actitud que la nación cubana debe y necesita seguir manteniendo frente a una potencia que a nadie trata como a igual, ni siquiera a sus aliados— merecen el mayor respeto. Y nunca ese respeto estará bien materializado si no se expresa en la debida atención práctica.

Está a punto de celebrarse —en fechas que rendirán homenaje en su aniversario 55 a la victoria del pueblo cubano en Playa Girón sobre tropas mercenarias al servicio del imperio— el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba. No habrán sido pocos los hijos y las hijas de este país que contaban con que a la nueva magna reunión de la organización política que dirige su proceso revolucionario la precedería un proceso ejemplar al que ya estábamos, en el mejor sentido de la palabra, acostumbrados: la discusión masiva, por el pueblo en general, no solo por la militancia, de los documentos rectores.

Esa práctica —que tantos buenos frutos dio, por ejemplo, en ajustes hechos a los lineamientos aprobados en el congreso anterior para regir las transformaciones económicas y sociales emprendidas— se presentía más aconsejable aún, si cabe, que en las anteriores convocatorias. Baste señalar que la próxima reunión partidista, en la cual se aprobará la conceptualización del modelo pensado para resumir guiadoramente dichos lineamientos, dichas transformaciones, será la primera tras el inicio de la llamada normalización de relaciones entre los Estados Unidos y Cuba.

El aplicar aquí a esa normalización en marcha —en marcha inicial, vale precisar— el cauteloso participio llamada, no busca abonar aprensiones hiperestésicas: apunta objetivamente a un proceso marcado por la asimetría. Uno de los dos países ni siquiera ha cumplido —o no ha podido cumplir— la correspondencia elemental en cuanto al nombramiento de su embajador, y ese es el país que, en un camino de voracidad y pretensiones que le viene de su fragua como nación, no de episodios aislados, ha bloqueado al otro, lo ha agredido militarmente y lo ha hecho objeto de actos terroristas, además de usurpar desde hace más de un siglo parte de su territorio, y ahora anuncia desembozadamente un cambio de métodos para conseguir lo que no ha logrado con aquellas prácticas. No procede, pues, hablar de simetría, ni suponer que Cuba —necesitada, por otra parte, de que se levante un bloqueo con el cual el imperio ha buscado estrangularla, y que en lo fundamental sigue vigente— deba tener gestos de reciprocidad con su agresor.

No se deben promover odios estériles, ni propiciar olvidos indignos, convenientes al imperio que sigue promoviendo en el mundo guerras con que calzar sus intereses. Por todo ello es necesario que la población cubana esté cada vez más al día y activa, por todos los caminos dignos posibles, en todo cuanto se vincule con la dirección de su vida. Tampoco se trata de que el plan de normalizar las relaciones diplomáticas entre los dos países sea el único ni el principal motivo para fortalecer en todos los órdenes la democracia participativa que, en coherencia con la sincera democracia que José Martí aspiraba a ver florecer en su patria, viene reclamándose, y mostrándose cada vez más necesaria, hace ya años.

Desde el modestísimo sitio que ocupa como patriota militante en la sociedad de su país, el autor de este artículo se halla entre quienes contaban con que el próximo congreso del Partido Comunista de Cuba tendría también el preámbulo de discusiones, de consultas masivas que tuvieron los otros. Albergó incluso la esperanza de que se atenderían las sugerencias —irreductibles a voces profesionales más o menos sobresalientes o aisladas— de que el foro se pospusiera para dar espacio a ese preámbulo.

Ya parece evidente que eso no ocurrirá. Por ello el articulista estima que lo mejor que se puede y se debe esperar es la comprobación —en los hechos, no solo en dictámenes emitidos sobre el tema— de que la decisión, a su juicio tan administrativa como política, de posponer el proceso de discusiones a la celebración del congreso, ha sido acertada. Pero ya entonces se habrán dado aprobaciones con validez calculada para al menos algunos lustros, cuando a la sociedad cubana no parece que le esté reservado mucho tiempo más para tanteos y experimentos, aunque riesgos siempre será insoslayable correr.

La responsabilidad de dirigentes, militantes de base y pueblo en general —para que de veras el partido sea el pueblo— incluye o ha de incluir propósitos de largo alcance: debe abarcar, quizás sobre todo, que la sociedad cubana quede mejor preparada para que en ella no se den aberraciones que no vale considerar privativas de otras realidades, de otras latitudes, de otras culturas, de contextos donde los partidos llamados a ser comunistas fueron paulatinamente distanciados del pueblo y desmovilizados hasta su aniquilación total.

A Cuba, a su fuerza partidista, a sus instituciones estatales y gubernamentales, a sus organizaciones de masas, a su ciudadanía, les toca cumplir una misión impostergable: impedir que pragmáticos, economicistas, individualistas, corruptos, oportunistas, antisocialistas agazapados y otros especímenes afines —de esos capaces de actuar en la sombra hasta que les llega la ocasión de asaltar el poder o pedazos de él— no encuentren, desde un terreno abonado cuando todavía está en pie y actuante la dirección histórica de la Revolución, caminos, subterfugios, prácticas de que valerse para, en su momento, erigirse como mafias dominantes. Grupúsculos o grupos de semejante índole medrarían en contubernio con poderíos capitalistas que, a la luz de la realidad en marcha, ya no estarían ni tan lejos ni tan identificados como claramente hostiles al afán socialista. Hasta buscan y encuentran vericuetos en el humorismo nacional para venderse como simpáticos y encantadores.

Lo que está en juego no es la validez de medidas más o menos administrativas, sino el destino de la nación, llamada a salvaguardar su dignidad y su soberanía, y la justicia social, y para ello no bastan consignas bien intencionadas: se requieren ideas y prácticas, conceptos y acciones a fondo. Ante la opinión de las masas, o de parte de ellas, no cabe sino recordar el llamamiento que en enero de 2011, en una reunión ampliada del Consejo de Ministros, para erradicar o prevenir actitudes contrarias al pueblo hizo a dirigentes y funcionarios el primer secretario del Partido y presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, general de ejército Raúl Castro: mantener “los pies y el oído pegados a la tierra”.

 

Publicado en el blog del autor: http://luistoledosande.wordpress.com

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#ObamaenCuba: el hombre que vino con la lluvia

Por Manuel David Orrio – HermesMartianosCubainformación.- La Habana, 16/04/07.-

índiceBarack Obama llegó a Cuba bajo la lluvia, su pertinaz compañera a lo largo de su visita ¿Presagio del fin de una sequía más terca que una mula; razón para pensar que la lluvia moja, empapa, molesta, pero también limpia?

Los “aguaceros de  Obama” me dieron imagen y motivo para salir del lecho donde convalezco a causa de mi síndrome post-polio. La imagen fue la de gente humilde, en short y paraguas, bajo la lluvia, corriendo por todo mi barrio de San Leopoldo. Querían verle salir del restaurante privado “San Cristóbal”, donde cenó con su familia. El motivo, leer hasta donde pudiera el aluvión de ejercicios periodísticos publicados, acerca de su habanera presencia.

Para bien o para mal, sincera o hipócritamente, Obama se presentó con mucho respeto ante un pueblo agredido por el poder que representa, lo cual avisa de su altura como adversario. “He venido aquí para enterrar el último resquicio de la Guerra Fría  en el continente americano. He venido aquí para extender una mano de amistad al pueblo cubano” (1). Ningún presidente estadounidense ha hecho tanto como él para materializar esa voluntad. A contrapelo de un US Congress para el cual Cuba es una carta más en su póker político…o geopolítico. A contrapelo también de quienes dentro y fuera de mi país medran a costa del embargo-bloqueo.

Aparto la hojarasca publicada; pero apunto que me enorgullezco de compatriotas como Ambrosio Fornet, Agustín Lage, el Cardenal Jaime Ortega y Julio A. Fernández Estrada, entre otros. Sus palabras mostraron Patria con dignidad…y sin temor. Patria que apuesta por valores como el de la civilidad, tan necesaria cuando la cólera de la supervivencia no crea hidalgos. Discrepo en esto o aquello, pero a la vez imagino a José Martí; de haberles leído, de puro gusto se hubiera atusado el poblado bigote.

Agustín Lage apunta que en cuanto se ha publicado pueden apreciarse dos tendencias de muy variados matices, al analizarse las intenciones de Obama:

1) la hipótesis de las conspiraciones perversas;

2) la hipótesis de las concepciones divergentes sobre la sociedad humana… “fueron muy evidentes en todos los momentos de la visita a Cuba del Presidente Obama y su delegación, en todo lo que se dijo, y también en lo que se dejó de decir…Fue muy claro que la dirección principal de la relación de los Estados Unidos con Cuba estará en el campo de la economía, y dentro de este, la estrategia principal será relacionarse con el sector no estatal y apoyarlo…Fue muy claro, en el discurso y en los mensajes simbólicos, en tomar distancia de la economía estatal socialista cubana, como si la propiedad ‘estatal’ significase propiedad de un ente extraño, y no propiedad de todo el pueblo…Donde está la divergencia es en el rol que debe tener ese sector no estatal en nuestra economía” (2).

Lage expone argumentos sobre los cuales discrepo en parte; los dejo para un próximo ejercicio; su implacable lógica de científico, su experiencia como empresario, son un reto para meditar y a la vez disfrutar.

Por ahora, sólo la “hipótesis de la conspiración perversa”. Millones dentro y fuera de Cuba tienen mil justificadas razones para desconfiar. Persisten el embargo-bloqueo; las  leyes Torricelli y Helms-Burton, la ocupación de la Base Naval de Guantánamo y los programas de subversión del régimen político cubano. Todo eso va contra una Constitución votada por el pueblo, por muy imperfecta y anacrónica que un sector de la población la considere, incluido este periodista. También, por mucho o por poco que se cumpla; por acción, u omisión.

Curioso: casi nada se destaca en cuanto he leído sobre la capacidad de los Órganos de la Seguridad del Estado cubano, proverbialmente considerados entre los cinco mejores del orbe, para hacer polvo a las “conspiraciones perversas”: hasta puros delincuentes se han sumado a sus filas, cuando su cubanidad les avisa que la Patria peligra. Y han cumplido: devienen héroes, tras años de consagración en las sombras. Fidel Castro avisó hace más de diez años que el mayor peligro para Cuba está dentro de Cuba. Ejemplo a la mano es la corrupción, sobre todo cuando los “Papeles de Panamá” (3) demuestran que esta no tiene colores políticos, que  es asunto de encumbrados, o de sus familiares, amigos y correligionarios, no de quienes roban o contrabandean al detalle, para sobrevivir o tener una vida más o menos decorosa.

No obstante, los mejores antídotos contra las “conspiraciones perversas” se hallan en más de un siglo de alzarse la cubanidad contra los designios del “Norte revuelto y brutal”; en una idiosincrasia que como Martí supo apreciar en sus “Escenas Norteamericanas”(4), admira y a la vez critica los valores estadounidenses; en la cultura, sobre todo en la cultura, porque el cubano, que en este va y viene de más de medio siglo se ha hecho más culto de lo que se piensa, es cubano doquier se halle. Ambrosio Fornet señala: “”Así que hay cubanos y cubanos, y ahora ―después del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con EE.UU. ―se me ocurre pensar que si eso entraña algún peligro para el futuro de la Revolución ―o sea, para el proyecto de Nación que solemos definir como martiano y socialista― dicho peligro está dentro, no fuera, y pudiera representarse de nuevo como una entidad bicéfala. A esta renovada entidad cabría darle un doble apelativo, el deplat[t]ismo, es decir, plattismo con doble te― y con la acepción que todos conocemos― y platismo con una sola te, un neologismo con el que aludiríamos a la moneda…Si hay en la cultura estadunidense algún virus, sépase que estamos inoculados contra él, porque ya hace rato que su efecto corrosivo está diluido y asimilado en nuestra propia sangre” (5).

Error garrafal de Obama fue su llamado a olvidar la Historia, o como muchos lo han interpretado, cuando más de un siglo de agresiones estadounidenses, o del “histórico diferendo” -como quieran llamarle- han lesionado en alguna forma a cuanto cubano camina por el mundo. Le cito: no es lo mismo olvidar la Historia que decir “Ha llegado el momento de que dejemos atrás el pasado. Ha llegado el momento de que juntos miremos hacia el futuro –un futuro de esperanza” (1.1).

Por si acaso, el Cardenal Ortega responde: “El presidente norteamericano dijo que había que pasar la página y dejar la historia en el pasado…no se pasa la página y no se deja atrás la historia porque esta es necesaria…No se tiene que olvidar la historia, tenemos que sobreponernos a ella con el perdón” (6).

¿Perdonar? ¿Vale eso para las víctimas – cualesquiera sean, por cuantas razones sean – del “histórico diferendo”? Vale, pero sólo en una forma: dejar atrás las “lógicas del conflicto”, el “síndrome de plaza sitiada”, los “ascos de la Geopolítica” y las politiquerías que les acompañan, para pasar como La Habana y Washington hacen hacia estrategias de colaboración. Poco se ha destacado el número de convenios firmados entre ambos, todos los cuales responden a necesidades comunes de máxima prioridad. Aunque aún anden a la greña, Cuba y los Estados Unidos son vecinos. Gracias, Obama; gracias, Raúl, que entre tantas suspicacias tienen la altura para dejar, como legado, al menos la esperanza de paz y  buena vecindad.

Sin embargo, un sueño recorre Cuba: se llama DEMOCRACIA. Y, quede claro,  SOCIALISTA. A ese sueño alude Julio A. Fernández Estrada, cuando expresa que “Hablar tanto de Obama sirve, es su primer servicio, para no hablar de Cuba… Nuestro pueblo quiere hablar y sentir la emoción de la política cubana socialista; es decir, democrática, intensa, sin barreras, sin tabúes -la única que podría construir la primera baldosa de la calzada de la verdadera soberanía popular… La visita de Obama ha desnudado la cultura política cubana… La democracia es hermosa, como llegada y como viaje, por los caídos, y los que triunfan. Hace más de dos mil años que los enemigos del pueblo conspiran contra el poder de los pobres libres. Que Cuba sea del pueblo es una necesidad para ser independientes y no yanquis tropicales. Por eso necesitamos todo el poder y no solo un poco, todos los derechos y no solo algunos, todos los instrumentos jurídicos para defenderlos y no una selección, toda la libertad para hacer una constitución realmente nueva, que sirva para que el mundo nos respete y nos entienda…Si hay que sufrir por la democracia lo haremos con dignidad, porque podemos contentarnos con poco pan pero jamás con poca libertad. Por ello, quiero saber de Cuba, de qué vamos a hacer para salvar la nación, la decencia, la independencia y el sueño de vivir aquí” (7).

“Julito”, como le llamamos sus amigos, hunde el dedo en la llaga; se conecta con Fidel cuando este alerta sobre el peligro de la reversibilidad del proyecto socialista cubano; pero también se conecta con un amigo del barrio, combatiente en Cuito Cuanavale (8), quien dijo en una cola (fila) para comprar papas: “¡Asere, que no jodan más con Obama, y que acaben de ‘tumbar’ la doble moneda!”

 

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